Redes sociales, las peores enemigas del amor en el siglo XXI

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Redes sociales, las peores enemigas del amor en el siglo XXI

1470038838_479104_1470927503_noticia_normalLas redes sociales se ofrecen como el Dorado de los contactos afectivos y sexuales. Pero son sus enemigas. Hay gente que tiene problemas con el doble check de WhatsApp y gente a la que los DM de Twitter le han dado la vida y la muerte. No he tenido ni que probar algo tan cantoso y desesperado como Tinder para caer en su trampa. Yo soy clásica en el fondo, o cuando toco fondo: yo he tenido problemas muy serios con el carcamán de las redes, el que todavía usa el trasnochado nominalismo “amigos”, el Facebook.

De repente, el muro que me servía para presumir de mis artículos y mis hijos se convirtió en el muro de los lamentos sembrado con una tonelada de ANFO. Debí darme cuenta cuando compartió un gif de la cara de Scarlett O’haraclamando con lágrimas en los ojos: “Yo no quiero realismo, quiero magia”. Ese mismo día yo había posteado probablemente alguna noticia sobre alguna vieja encontrada en su piso dos años después de muerta.

Claramente, estábamos en momentos diferentes y yo no quería verlo, ni siquiera porque Facebook me lo estaba mostrando a mí y al mundo. Y debí abrir definitivamente los ojos cuando compartió ese gif del niño corriendo en la orilla del mar sin mirar atrás, pero tampoco lo hice. Y quise creer que el gif anunciaba el verano, cuando en realidad se acercaba el invierno.

Nos contábamos todo, por sana y morbosa curiosidad; si follábamos con otra gente nos lo contábamos y nos ponía; compartíamos todo, en serio, incluso nuestras contraseñas de Facebook. ¿Por qué me miran así? No es tan raro. Si lo sabíamos todo… No nos vigilábamos, nos cuidábamos mutuamente. Hasta que un día ocurre y hay algo que no te cuenta y no puede parar de mentirte; y cuando ya no te miente, es peor; y sigues la pista y, sin percatarte, te has convertido en un monstruo distinto al que eras.

En el Messenger, observas el punto verde de su actividad y piensas que late, anhela, desea otro punto verde que no eres tú. Tardas un poco pero, finalmente, te das cuenta de que eres tú la que está conectada desde su cuenta. Que te estás viendo a ti misma en ese punto verde. Tú espiándote espiando espiar. Eres la cracker del amor. Mareada, te duele todo, en el metro, por ejemplo, leyendo en tu móvil su Facebook, en riguroso directo, siguiendo la conversación erótica del ser amado y otra persona, que el ser amado lee y borra casi al instante, en tiempo real, para no ser descubierto por ti, porque no sabe de qué manera le pisas los talones, de qué manera estás viviendo su romance en directo por Periscope o cualquier modernez. Y ya solo puedes ver estática cómo brotan y se esfuman las palabras que no son para ti y constatar tu derrota. Pero no la derrota de perder al amado, la derrota de perderte a ti mismo.

Cuando pienses en qué han hecho las redes sociales por ti, piensa en esto. Y, sobre todo, no olvides que el principal agente destructor del amor se encuentra en el propio amor, por no hablar de la paja ajena y el tronco en mi ojete. Cuando pienses en qué ha hecho el amor por ti, piensa en que no has perdido nada porque nada te pertenece, porque el amor también es capitalista.

Y repite conmigo lo que escribió Paul B. Preciado cuando Virginie Despentes se enamoró de otra: “El amor es un dron”. Y ahora dispara. No lo hagas por Facebook.

 

elpaís

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